9 de julio de 2017

PRENSA: Entrevista a Denise León en el diario "Los Andes"

Compartimos la entrevista a  Denise León, autora de Poemas de Middlebury (HDJ, Colección Poesía, 2014), publicada ayer en el diario Los Andes de Mendoza.
Por Augusto Munaro:

“Poemas de Middlebury” (Huesos de Jibia), de Denise León articula sutilmente versos marcados por un profundo sentimiento íntimo. Se trata de una poética que se amplía para trascender la anécdota personal.




“Bendita la hazaña que no conoce el olvido ni la muerte”, escribió cierta vez Gabriela Mistral. “Poemas de Middlebury”, es un intento más que meritorio en querer coincidir con esa leyenda, donde la poeta hace de la pérdida, uno de los ejes centrales de su poética. Una batalla a favor de la permanencia del recuerdo afectivo.


Denise León es nieta de inmigrantes sefaradíes. Doctora en Letras e Investigadora del CONICET, algunos de sus libros son: Poemas de Estambul (2008); El trayecto de la herida (2011); y Templo de pescadores (2013). 
-¿Qué valor simbólico posee el pueblo del Estado de Vermont en este libro?, ¿qué representa para vos en particular?
-Middlebury fue para mí el comienzo de una larga travesía. Aceptar una beca (que había rechazado en un comienzo), viajar, vivir e investigar en Vermont me permitió, de algún modo, comenzar a atravesar la ausencia de mi madre. Generalmente cuando alguien se enferma lo que esperamos es el relato de su recuperación, pero cuando eso no sucede es como si una mano nos empujara y nos obligara a internarnos en un terreno pantanoso, caótico, sin respuestas. 
-¿Cómo fue el desarrollo escritural del poemario?
-En general diría que soy una persona de procesos lentos. Todo me lleva más tiempo que a la mayoría. No suelo escribir poemas sueltos que luego reúno en un libro. Cada libro es como un organismo, como una atmósfera en la que vivo durante un tiempo y sobre la que puedo decir algo. Algo sobre ese lugar, sobre ese clima en el que estoy viviendo. El año 2012 es para mí un año inolvidable en muchos sentidos. En mayo, una semana después de la muerte de mi madre, me enteré de que estaba embarazada de mi hija menor. Y los primeros días de Julio también de ese año estaba subida en un avión con una pena enorme y toda mi familia rumbo a Vermont. Durante mis días y mis noches en Middlebury, viví en estos poemas que se terminaron de cerrar ya cuando estaba de vuelta en Tucumán.
-La presencia de la muerte en Poemas de Middlebury es indudable. Cito de modo completo “Exilio”: “¿Adónde volver?/ Ella/ está en la tumba/ y se ha cerrado/ la puerta/ de los viajes.” Otro ejemplo se da en el aún más breve poema “Cementery”: “Le doy tres muertos a la montaña/ la deuda está saldada”. ¿Qué vínculos creés que existan entre la poesía y la muerte?, ¿qué horizontes buscan?
-A ver la enfermedad, la muerte son límites, preguntas que recorren toda la literatura y que han inquietado desde siempre a la humanidad. Esto es una obviedad. Pero tal vez porque mi vida estuvo signada por la pérdida de una hermana, la muerte fue desde muy temprano en mi vida un horizonte, una llaga. Supongo que cada uno de nosotros escribe no tanto sobre lo que quiere sino sobre lo que puede.













-Tus versos tienden a ser ceñidos. ¿Es posible glosar  en torno a la respiración casi asfixiante de los poemas?; ¿qué motivos y fines estéticos pensás buscan representar e indagar?, ¿por qué?
-No había pensado que la respiración de mi poemas podía ser asfixiante o estar cerca de la asfixia. Que son ceñidos, si. Esto es algo que he comentado en varias oportunidades, pero que sigue pasándome. Yo durante mucho tiempo antes de escribirlos tengo los poemas en mi cabeza. Y me voy los voy diciendo mientras hago cosas en mi casa, mientras me baño, en fin...como si necesitara saborear las palabras, mantenerlas en la boca como un carozo de fruta...Y sólo después de ese proceso (que me puede llevar meses o años. Por ejemplo, escribí El saco de Douglas diez años después de haber hecho las entrevistas a las mujeres inmigrantes) recién puedo escribir los poemas.
-La voz confesional que atraviesa el texto, responde a un tono notoriamente elegíaco. ¿Qué lugar ocupan los sentimientos en tu poética?
-Cada infancia tiene su propia música. La mía fue extrañamente silenciosa. Supongo que porque no había palabras para decir la única cosa de la hubiera valido la pena hablar.  Cada siesta los animales ejecutaban sus rituales y yo los miraba debajo de la mesa, debajo de la silla. Me pulverizaba los ojos frente al televisor, repitiendo de memoria los nombres largos de los personajes de las telenovelas que después grababa con un cuchillo en el respaldo de mi cama. ¿Cómo se dice el fogonazo cegador de la furia? ¿La extrañeza suspendida de los árboles en el jardín? ¿La pileta? ¿El agua? Tenemos que lidiar con el peso de las cosas. Yo quiero que las palabras digan ese peso, digan el aire suspendido de las tardes, el caldo lento en el que nos vamos haciendo.
-Lo ausente, “la sombra de lo ausente”, cobra un relieve de ineludible presencia. Ocurre con “Your things”, pero también en “La lista” y particularmente “En el patio”. Me hace pensar en la “presencia de la ausencia” que alguna vez el poeta chileno Rolando Cárdenas, tan bien supo decir. En síntesis, Denise, ¿de qué modo la ausencia puede llegar a tener un poder de evocación mayor que la presencia?, ¿cómo opera esta ambigüedad en la poesía?
-Mirá, hasta hace poco estábamos trabajando con un amigo artista plástico en un proyecto común. Una tarde, exasperado, me llama y me dice que se siente abrumado, que es como si se hubiera subido a un tren ya en marcha (yo soy la máquina del tren), y que ese tren lo lleva en un recorrido donde cada etapa significa una pérdida. Que él logra hacer pie en una rama, agarrarse de algo y que yo podo el árbol, corto las ramas, lo dejo sin asidero. Yo lo escuchaba, sorprendida. Y a la medida que sus palabras iban cayendo lentamente sobre mí, mediadas por la distancia y la tecnología, sentí que había logrado una imagen certera: mi poesía es ese tren. El tren de las pérdidas.
-¿Pensás que el poeta escribe en busca de un límite?
-No creo que sea necesario buscar ningún límite. Los límites están ahí. De hecho, ya la lengua nos impone sus límites y sus posibilidades. Cuando escribo en ladino, por ejemplo, hay ahí un intento de mantenerme fiel a una dicción, al modo de hablar de mis abuelos pero al mismo tiempo, es una lengua que no es hablada por nadie en un sentido estricto. La estoy inventando. Sólo podemos conservar aquello que modificamos hasta sentirlo como propio.
-Henri Meschonnic dijo alguna vez que un poeta es “un extranjero en el tiempo”. ¿Pensás que la poesía crea un presente contra la época?
-Alguna vez le escuché decir a Mirta Rosenberg, una poeta tremenda, que la poesía es una especie de reserva a la que uno puede acudir cuando hay escasez de sentimientos y pensamientos. Lo que importan son las palabras y la belleza. La poesía nos ayuda a mirar. Esto que ella dice sobre la poesía, para mí es cierto para la ficción en general. Yo aprendí la mayoría de las cosas que sé, de la televisión y de los libros. Las palabras de los otros me han acompañado desde que puedo recordar, me han hecho sentir más rica, menos sola.
-Hay un poema en esta colección, que es verdaderamente fascinante ya que pareciera operar como una suerte de summa de tu poética, sobre las posibilidades que brinda la poesía en torno a la memoria, la ausencia, las metáforas, etc. Me refiero a “La veo”. 
-Justamente, yo creo que la poesía es un ojo o una forma de mirar el mundo. Ese poema, como casi todos, tiene que ver con mi mamá. “La veo”, a través del poema, en el jardín de su casa, extendiendo su mano para alcanzar un higo que era una fruta que le gustaba mucho, que es el poema que nos enseñaban en la escuela y que solíamos recitar en la mesa con ironía, y son los pájaros que le disfrutaban los frutos de la higuera y es el camisón blanco y el poema.
-Para un sector, la poesía además de ofrecer la posibilidad de expresarse artísticamente, debe comprometerse con la mejora de la sociedad; sin embargo, para otro sector, la poesía como arte debe mantenerse aislada de la denuncia de los males que aquejan a la sociedad. En tu opinión, ¿la poesía debe o no servir y vincularse con la denuncia social, la crítica del medio en el que se vive?
-Es muy difícil hacer afirmaciones generales sobre poesía. Lo que es cierto en este poema, no es cierto en otro. No creo que haya verdades o funciones absolutas para la literatura. Lo que sí me parece admisible es algo que escuché citar hace poco a María Malusardi y que no recuerdo exactamente pero que decía más o menos así: cada poema implica una poética, y cada poética es una visión del mundo. Cada poeta debería poder ser fiel a su visión del mundo. Hay muchas visiones, por suerte.

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Huesos de jibia